Cáritas Ciudad de México

LIMOSNA.

«Cuando des limosna, no sepa tu izquierda lo que hace tu derecha» (Mt 6, 2-3)

Etimológicamente, la limosna designa un sentimiento de compasión y el ímpetu que nos lleva a aliviar a todo el que tiene una pena. Desde la parábola del buen samaritano, un discípulo de Cristo no puede pasar indiferente al lado de un hombre que sufre.

Como dijimos, el valor de nuestras acciones reside en la intención que nos mueve a obrar. Es notable que Jesús tilde de hipócrita a esa gente religiosa que realiza obras buenas para ser vistas por los hombres. Podríamos calificar de hipócrita a aquel que desempeña un papel y lleva una máscara. San Agusín decía: «...Cuanto menos tengamos obligación de dar algo a alguien, más desinteresado será nuestro afecto. Lo que tenemos que querer para el que amamos es que sea nuestro igual.»

El Evangelio extendió la exigencia de la caridad hasta querer y hacer a los demás el bien que deseamos para nosotros mismos.

San Gregorio Magno nos dice: «Quien distribuye sus bienes temporales no abandona más que las cosas exteriores a él, pero quien da su compasión al prójimo le da algo de sí mismo.»

La caridad limosnera no consiste sólo en aliviar la desgracia ajena, sino ante todo, en compartir su sufrimiento. Para el cristiano, la caridad comienza a partir del momento en que se priva o se empobrece por los demás. Por eso el Padre celestial es el único que lo ve, allá en lo secreto.

La limosna cristiana es el encuentro de dos manos que se tienden una hacia otra, la mano de dos hermanos que se juntan, el más emocionado y el más dichoso de los cuales no es el que recibe, sino el que da más que un deber es una necesidad de nuestro corazón con respecto a los que sufren.

En efecto, ¿puedo pensar fríamente que existen cerca de mí unos seres humanos, honrados y trabajadores como yo, hijos de Dios como yo, y que no están seguros del mañana, o que hoy están pasando hambre? ¿Que hay cerca de mí familias enteras amontonadas en cuchitriles indignos, imposibles de mantener limpios, y que ven llegar aterrados el final de cada mes; que hay niños que no pueden crecer, madres que no pueden criarlos, ancianos que acaban en la indigencia una vida laboriosa? ¿Por qué ellos y no yo? Hay hombres como yo, que trabajan para procurarme el alimento, el vestido, todo lo que me hace falta. ¿Voy a limitarme a acusar los defectos de la sociedad y de los poderes públicos, cuando puedo, por poco que sea, aliviar su sufrimiento y su inquietud?

Hay cerca de nosotros seres enfermos que han perdido toda esperanza de curación. ¡Y no va a oprimirse nuesro corazón ante este pensamiento!

Cerca de nosotros hay hogares rotos, seres traicionados y abandonados, que maldicen una vida demasiado cruel...

Ni nuestra conciencia ni nuestro corazón podrán estar tranquilos en tanto no hayamos participado en su desgracia, en tanto no les hayamos dado una parte de la dicha de que gozamos. Y cualquiera que sea la manera como nuestra compasión se manifieste: don material, don de nuestro tiempo, don de nuestra amistad, todas esas formas de la limosna cristiana serán una obra de justicia fraterna.

La suma de dolores que caen sobre tantos de nuestro semejante, acaba uno por asombrarse de ser dichoso y casi por reprochárselo. «Para que la limosna sea auténticamente cristiana, debe tener ciertas cualidades:
+ En primer lugar debe ser justa,es decir, hecha de los bienes que uno tiene y de los que legítimamente puede disponer. Nunca tendrá valor la limosna hecha con bienes de otros, como suele a veces suceder.
+ La limosna tiene que ser prudente, es decir, que se debe distribuir entre verdaderos necesitados, y se debe dar a aquellos pobres a los que realmente no les va a hacer más daño que bien.
+ La limosna tiene que ser pronta, es decir, se debe dar a tiempo, y no "vuelve mañana".
+ La limosna debe darse con alegría, porque Dios quiere al que da alegremente.
+ La limosna debe ser secreta, no proclamada a los cuatro vientos, buscando la alabanza de los que la ven hacer.
+ La limosna debe ser desinteresada, es decir, al hacer la limosna no buscar satisfacción humana, sino solamente el cumplimiento del precepto del amor al prójimo.
+ Por eso, como última cualidad, aunque debe ser la fundamental, señalemos que la limosna debe hacerse por amor al prójimo, y no por otros motivos más o menos humanamente legítimos, pero cristianamente no correctos» (ANTONIO ARZA, S.I.: Preguntas y respuestas en cristiano, pg.130. Ed. Mensajero. Bilbao.1982).


Afortunadamente el deber de dar limosna va entrando poco a poco en la conciencia de los católicos. Aunque algunos todavía no acaban de comprender que ellos son meros administradores de los bienes que Dios ha puesto en sus manos. Y que Dios, que es el Dueño de todo, desea que esos bienes ayuden también a otros, después de haber remediado sus propias necesidades.

 

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